11/4/13

La Guerra Civil en la literatura

Probablemente este sea el tema de la historia de España más reflejado en la literatura, desde novelas ya  clásicas - como Por quién doblan las campanas, de Hemingway- hasta El tiempo de los héroes, de Javier Reverte, de próxima publicación. Sobre esta última aparece hoy una noticia en El Mundo, acompañada de una entrevista en vídeo, y un adelanto de la novela que relata el comienzo de la batalla de Brunete



El adelanto que ofrecemos de la novela ,  corresponde al inicio de la batalla de Brunete, librada en el verano de 1937 en las cercanías de Madrid, un año después de iniciarse la Guerra Civil Española. El entonces comandante Juan Modesto observaba, desde una colina, el movimiento de las tropas republicanas. Junto a él se encontraba el comisario político Luis Delage.



 "El avance republicano comenzó con la alborada del día siguiente, poco antes de que las últimas estrellas se borraran del cielo. Una luz rosada echó su liviana cortina sobre las lomas y los llanos y, casi al
instante, se tornó naranja. Y de pronto, el sol se arrojó con violencia sobre la tierra, arrasó las sombras de las cuestas, quemó las planicies, humilló los bosquecillos de pinos y de chopos.  En lo alto de una elevada loma de las afueras del pueblo de Valdemorillo, refugiado en un estrecho parapeto, junto a Luis Delage y
otros dos oficiales, Juan Modesto movía sus prismáticos fascinado por el espectáculo que comenzaba a representarse ante sus ojos. Para el comandante, era tal la realidad de cuanto sucedía abajo del cerro que a
él, paradójicamente, le parecía que aquel móvil escenario escapaba del ámbito de lo real. Al mismo tiempo, el jefe miliciano sentía crecer en su ánimo una extraña euforia que le hacía sentirse proyectado más allá de
si mismo, como si su conciencia y su cuerpo pertenecieran a dos universos distintos y remotos entre ellos.
 El inicio de los combates lo anunciaron las primeras volutas de humo que aparecieron súbitamente en el cielo. Surgían en forma casi redonda, de un blanco virginal, y de inmediato brotaba de su interior una viva luz amarilla. Durante apenas un instante, flotaban en el aire y, al momento, se convertían en un penacho deshilachado de tonos cenicientos. Y en escasos segundos, el viento las borraba con un manotazo invisible. Era entonces cuando llegaba la explosión hasta los oídos del comandante que observaba la inmensa llanura desde su puesto de mando.


 Cerca de donde se encontraba, a los pies de la colina, asomaron las primeras columnas de tropa. Modesto sabía que era la 11 división de Líster. Los hombres parecían figuras de juguete y costaba trabajo pensar que, en poco tiempo, comenzarían a matar y a morir. Tras la infantería, entre una espesa polvareda, marchaban camiones, carretas tiradas por nerviosas mulas y torpes jamelgos, algunos tanques y cureñas con piezas de artillería arrastradas por vehículos motorizados.

Desde la altura, bajo la luz de la mañana, Modesto podía escuchar los lejanos crujidos metálicos de los vehículos pesados, el grito de algún jefe, los relinchos y rebuznos de las caballerías. Al alejarse hacia el
frente, todos los sonidos se iban diluyendo.  Por la derecha, surgieron después las tropas de la 46 división del Campesino. Modesto sonrió para sí al reparar en la que sin duda era la figura del jefe de la tropa, un hombre grueso que montaba sin garbo un caballo blanco.
 A la izquierda, avanzaban los batallones de la 35 División Internacional, que se movían cegados por la luz poderosa del sol y las tolvaneras de polvo. Brillaban las bayonetas de la tropa y el acero de los cañones. Su marcha la cerraba un escuadrón de caballería desplegado en filas de a cuatro.  Más al fondo, tras la línea difusa del frente enemigo, podía distinguir las torres de las iglesias de los pueblos y los achaparrados grupos de casas encaladas. Los restos de nieve de los gemelos Galayos, las dos cumbres más altas de la sierra de Gredos, guiñaban vivas luces como si fueran espejuelos.  El sol resplandecía con el mismo fulgor que un diamante tallado. Y a Modesto se le hacía difícil creer que aquel imponente ejército pudiera ser derrotado por nadie.
 Bajo las faldas del elevado cerro, las tres divisiones se abrieron como un abanico: Líster marchaba derecho al sur, hacia Brunete; el Campesino giraba hacia el oeste, en dirección a Quijorna; y los brigadistas internacionales se desviaban hacia el Este, hacia Boadilla del Monte.

 …o…0…o… 


Modesto dirigió después los binoculares hacia las llanuras y las colinas pedregosas de la lejanía. Los movió con lentitud hacia la derecha y la izquierda, luego hacia lo alto… para contemplar las columnas de centenares de soldados que, como hormigas en marcha, seguían avanzando por las vaguadas resecas y entre las hileras formadas por bosquecillos de chopos.
 Por un instante se detuvo a reflexionar sobre el enorme peso de su responsabilidad. Una orden suya, sólo una orden que enviara por el teléfono de campaña, y todos aquellos miles de hombres se detendrían, o empezarían a correr hacia adelante, o se dividirían en batallones para organizar un ataque… Una orden, únicamente una orden, y comenzarían a matar y a morir. ¿No era increíble?.

 Delage parecía haber leido sus pensamientos:
 -Yo no sería capaz de asumir el peso de algo semejante: me abrumaría y me paralizaría. No entiendo cómo puedes soportar ese vértigo…
 -Alguien debe de hacerlo –respondió Modesto sin apartar los lentes de sus ojos-. Y prefiero ser yo a que sea otro. Confío en mí mismo. ¿No eres tú quien habla a veces de eso que los filósofos llamáis el destino?.
 Calló un instante y movió la cabeza antes de añadir:
 -No comprendes lo que es la guerra, Luis: porque no estás hecho para ella. Yo miro ese ejército que se mueve ahí abajo, esos miles de hombres avanzando hacia la lucha, y siento que ellos y yo somos un único cuerpo, dos miembros de un mismo organismo. Ellos son el músculo, la fuerza, la gran masa del cuerpo y yo una parte de su cerebro. Todos, ellos y yo, tenemos una función, somos como pequeñas células. Pero formamos un conjunto que camina y pelea, que se comunica entre sí por señales invisibles. Eso es la guerra, camarada. Y aunque tú no estés hecho para ella, formas parte de ese organismo.
 -Me deja pasmado tu súbita capacidad de abstracción, Juan.
 -Aunque no te lo creas, no eres el único ser inteligente en este mundo.
 Modesto retiró los binoculares de sus ojos y salió del parapeto.
Sentado sobre el borde de la trinchera, erguido el cuerpo, los labios apretados y los ojos centelleantes, con los botones de la camisa desabrochados dejando al aire un recio y largo cuello, las mangas recogidas en pliegues hasta la altura de los codos, los prismáticos bailando sobre el pecho, pistola al cinto, sin gorra y los cabellos negros, desordenados, moviéndose como pequeñas olas azabaches impulsadas por el viento, Modesto giraba sobre si mismo, miraba hacia delante, hacia atrás, como si quisiera apurar de un sólo trago la sensación de euforia que le atenazaba el ánimo. No pensaba; tan sólo quería sentir la grandeza desmedida de aquel instante único.
 Luis Delage le miraba fascinado, oculto en el parapeto. Y tuvo la impresión de que, de pronto, Juan Modesto dejaba de ser tal y que aquella figura era la de un hombre perteneciente a un tiempo pretérito.
 Sintió algo parecido al orgullo por el hecho de contemplar la mutación. Y mientras admiraba la apostura del comandante miliciano, recordó un verso homérico de “La Iliada” en el que el prepotente Agamenón se dirigía al colérico Aquiles: “Si es grande tu fuerza, un Dios te la dio”.
 Durante los días siguientes, allí abajo, en los áridos campos de Brunete y Quijorna, en los cursos resecos de las torrenteras, la tierra iba a cubrirse de jóvenes cadáveres en el curso de una feroz e inútil batalla. Como en los días de la Troya homérica, cuando las aguas del río Escamandro bajaban teñidas de rojo por tanta sangre derramada.

"El tiempo de los Héroes", de Javier Reverte, 2013. Ed . PLaza & Janés


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